¿Qué es el estrés hídrico y por qué afecta cada vez a más ciudades?

Imagen de suelo seco en un ambiente desértico y desolado

El agua parece estar en todas partes: sale de la llave, circula por tuberías, llena presas, riega cultivos y sostiene la vida cotidiana de las ciudades. Sin embargo, esa aparente disponibilidad puede ser engañosa. En muchas regiones del mundo, la cantidad de agua que se extrae para consumo humano, agricultura, industria y servicios se está acercando —o incluso superando— a la capacidad natural de renovación de los ecosistemas.

A esta situación se le conoce como estrés hídrico.

El término puede sonar técnico, pero describe un problema muy concreto: cuando una sociedad demanda más agua de la que sus fuentes pueden ofrecer de manera sostenible. Esto no significa necesariamente que el agua desaparezca de un día para otro, sino que el sistema empieza a operar bajo presión: acuíferos sobreexplotados, presas con bajos niveles, ríos degradados, cortes en el suministro, conflictos entre usuarios y mayores costos para llevar agua a la población.

¿Qué es el estrés hídrico?

De acuerdo con ONU-Agua y la FAO, el indicador internacional usado para medir el estrés hídrico es el ODS 6.4.2, definido como la proporción entre el agua dulce extraída por los principales sectores económicos y los recursos hídricos renovables disponibles, considerando también los requerimientos ambientales de los ecosistemas.

En palabras más simples: el estrés hídrico mide cuánta agua usamos en comparación con cuánta agua se regenera naturalmente.

Cuando las extracciones son bajas respecto a la disponibilidad, el sistema tiene mayor margen de seguridad. Pero cuando las extracciones representan una parte elevada del agua renovable, aumenta el riesgo de escasez, competencia entre usuarios y deterioro ambiental. La metodología oficial de Naciones Unidas advierte que un nivel alto de estrés hídrico implica que las extracciones combinadas de todos los sectores representan una proporción sustancial de los recursos renovables disponibles.

¿Por qué las ciudades están cada vez más expuestas?

Las ciudades concentran población, infraestructura, actividades económicas y consumo. Aunque el mayor volumen de agua dulce a nivel mundial se destina generalmente a la agricultura, las ciudades son espacios donde la presión hídrica se vuelve visible de forma inmediata: cortes de agua, tandeos, baja presión, pipas, desigualdad en el acceso y conflictos por nuevas fuentes de abastecimiento.

El problema no es solo que haya más habitantes. También influyen otros factores:

El crecimiento urbano incrementa la demanda doméstica, comercial e industrial. La expansión territorial suele ocupar zonas de recarga hídrica. Las redes antiguas pierden agua por fugas. La contaminación reduce la cantidad de agua utilizable. Y el cambio climático altera lluvias, sequías y temperaturas, haciendo más incierta la disponibilidad.

Por eso, el estrés hídrico no debe entenderse únicamente como falta de lluvia. También es un problema de infraestructura, gobernanza, planeación urbana y uso eficiente del recurso.

Mapa global que muestra los países en los cuales habrá un mayor estrés hídrico para el año 2050

Un problema global

La escasez de agua ya no es un asunto limitado a zonas desérticas. ONU-Agua estima que aproximadamente el 10% de la población mundial vive en países con estrés hídrico alto o crítico. UNICEF también ha señalado que miles de millones de personas experimentan escasez severa de agua al menos durante una parte del año, lo que muestra que la disponibilidad hídrica varía mucho según estación, territorio e infraestructura.

El World Resources Institute, a través de su plataforma Aqueduct, estima que 25 países enfrentan estrés hídrico extremadamente alto cada año, y que alrededor de 4 mil millones de personas viven bajo condiciones de alto estrés hídrico durante al menos un mes al año.

Estos datos muestran algo importante: el estrés hídrico no es un evento aislado, sino una condición estructural que afecta a regiones agrícolas, zonas industriales, ciudades grandes y cuencas transfronterizas.

México y el estrés hídrico

México enfrenta una situación compleja. El país tiene grandes contrastes territoriales: mientras algunas regiones del sur reciben abundantes lluvias, muchas zonas del norte, noreste y centro presentan menor disponibilidad natural de agua y mayor presión por actividades urbanas, agrícolas e industriales.

Además, buena parte del consumo nacional está asociado al sector agropecuario, mientras que el abastecimiento público urbano representa una proporción menor del total, pero con enorme importancia social porque está relacionado directamente con el derecho humano al agua y la calidad de vida cotidiana. De acuerdo con datos reportados por CONAGUA citados en análisis recientes, el sector agropecuario concentra la mayor parte del uso consuntivo del agua en México, seguido por el uso público-urbano.

Esto no significa que la solución sea culpar a un solo sector. La gestión del agua requiere mirar el sistema completo: producción de alimentos, crecimiento urbano, derechos de agua, infraestructura, eficiencia, contaminación, acuíferos y gobernanza.

Imagen de un desierto con montañas sin nada de vegetación

Estrés hídrico no es lo mismo que sequía

Una confusión común es pensar que estrés hídrico y sequía son lo mismo. No lo son.

La sequía es un fenómeno climático: ocurre cuando llueve menos de lo normal durante un periodo determinado.

El estrés hídrico, en cambio, es una relación entre disponibilidad y demanda. Puede existir estrés hídrico incluso sin sequía, si una región extrae demasiada agua de forma permanente. También puede agravarse durante una sequía, porque disminuye la disponibilidad mientras la demanda se mantiene o aumenta.

Esta diferencia es clave para diseñar soluciones. Frente a una sequía se requieren medidas de emergencia y adaptación climática. Frente al estrés hídrico se necesita una transformación más profunda en la forma de gestionar, distribuir, consumir y reutilizar el agua.

¿Qué pueden hacer las ciudades?

Las ciudades no pueden resolver por sí solas todos los problemas de una cuenca, pero sí pueden reducir su vulnerabilidad. Algunas estrategias importantes son:

Mejorar la eficiencia de las redes de distribución, porque las fugas representan pérdidas económicas y ambientales. Impulsar el reúso de aguas residuales tratadas para riego de áreas verdes, industria o ciertos usos urbanos. Proteger zonas de recarga y ecosistemas asociados al ciclo del agua. Promover medición, tarifas justas y cultura del consumo responsable. Y, sobre todo, planear el crecimiento urbano considerando la disponibilidad real de agua.

La OCDE ha insistido en que muchas crisis del agua son también crisis de gobernanza: no basta con tener infraestructura o fuentes naturales; se requieren instituciones eficaces, coordinación entre niveles de gobierno, participación social y decisiones basadas en evidencia.

Una nueva forma de pensar el agua

El estrés hídrico obliga a cambiar la pregunta. Ya no basta con preguntar: “¿De dónde traeremos más agua?”. También debemos preguntar:

  • ¿Cómo usamos el agua disponible?
  • ¿Cuánta se pierde en el camino?
  • ¿Qué actividades consumen más?
  • ¿Qué calidad tiene el agua que devolvemos al ambiente?
  • ¿Cómo se reparten los costos y beneficios?
  • ¿Qué ciudades estamos construyendo?

La seguridad hídrica del futuro dependerá menos de soluciones aisladas y más de una visión integrada entre agua, territorio, economía, justicia social y cambio climático.

Imagen de un lago con poca agua debido a la sequia

Reflexión final

El estrés hídrico es uno de los grandes desafíos ambientales y urbanos del siglo XXI. No se trata solamente de escasez física, sino de una señal de alerta sobre la relación entre sociedad y naturaleza.

Cuando una ciudad, región o país extrae más agua de la que puede sostener en el tiempo, compromete su desarrollo, su salud pública, su economía y sus ecosistemas.

Comprender el estrés hídrico es el primer paso para construir soluciones. El siguiente es reconocer que el agua no puede gestionarse como un recurso infinito, sino como un bien común, limitado y esencial para la vida.